Carles Castello Catchot

El presidente estadounidense Donald Trump ganó las elecciones en noviembre con la consigna “America first” (Estados Unidos primero) que, además de promover el proteccionismo económico, prometía que el país se preocuparía fundamentalmente por sí mismo y no por situaciones más allá de sus fronteras. Según la visión “trumpista”, no valía la pena arriesgar las vidas de soldados y desperdiciar dinero en lugares donde no se juegan intereses vitales del país. En ese sentido, por ejemplo, había dicho que la guerra en Afganistán era interminable e inútil y, mientras criticaba las políticas de su predecesor Barack Obama, prometía terminarla pronto. Pero la semana pasada tuvo un giro en su posición y decidió aumentar sorpresivamente el número de tropas en suelo afgano, donde ya había unos 10.000 soldados, y enviar un número aún no precisado (se estima que unos 4.000) de militares más a la zona. Aconsejado por los generales de su gabinete, dijo haber tomado la decisión para frenar el avance talibán y del terrorismo en la región.

Para Carles Castello-Catchot, jefe de gabinete del Centro Brent Scowcroft del Atlantic Council, un prestigioso centro de análisis de Washington, no hay una estrategia real de Trump en Asia y el presidente busca con esta iniciativa –también con sus fuertes declaraciones sobre Corea del Norte— tapar los escándalos domésticos que sufre. Experto en seguridad internacional, Castello-Catchot señala que unos miles de soldados más no van a servir para poner punto final a un conflicto muy complejo que está “enquistado” y al que no se le vislumbra una salida posible. Lo que por ahora Trump pretende es mandar sólo una señal que diga “Estados Unidos sigue en Afganistán, seguimos comprometidos y los terroristas no van a ganar”. Castello habló también con Clarín de la tensión con Corea del Norte, Pakistán y el influyente rol de China en la región.

–¿Qué está pasando estos días con la política de Estados Unidos hacia Asia? ¿Cuál es la estrategia de Donald Trump en la zona?

–La estrategia de Trump por el momento ha estado marcada por la contraposición a lo que hizo el ex presidente Barack Obama, sin ser una estrategia propia. Vimos como Trump ha decidido liquidar el Tratado Transpacífico, que había sido una estrategia de la administración anterior para tener relaciones comerciales con países asiáticos y reforzar la posición de los Estados Unidos en la zona, no sólo a nivel militar sino en soft power, lazos económicos y culturales. Trump ha retornado a un escenario realista, de grandes poderes, de China como potencial enemigo, pero al mismo tiempo como un país que nos hace falta. También, Corea del Norte como una amenaza que siempre está ahí y la alianza tradicional con Corea del Sur y Japón. Entonces, más que una clara estrategia lo que estamos viendo es a un presidente que no tiene demasiada experiencia a nivel internacional y que está intentando deshacer ese legado, ese pivote en Asia que hizo Obama. Esto no sólo es a nivel militar sino también con respecto al Departamento de Estado ya que seguimos sin embajadores en puestos clave y Estados Unidos sigue sin poder tener una actividad diplomática normal. Primero, se está a la expectativa de que se cubran esos puestos y en segundo lugar que se presente una estrategia un poco más clara para toda la región y no simplemente para responder a crisis puntuales.

–¿Por qué cree que Trump cambió su estrategia militar con Afganistán, por ejemplo, cuando durante su campaña había dicho que quería retirarse de todos esos lugares en dónde se estaba gastando mucha plata en guerras que no servían para nada?

–Para entender este cambio de opinión hay que analizar dos factores. El primero es que Trump se ha acostumbrado a usar la política exterior como una cortina de humo para tapar escándalos domésticos. Ya lo hemos visto cuando bombardeó Siria y finalmente no desarrolló ninguna política para ese país. También cuando tiró “la madre de todas las bombas” en Afganistán y luego no hubo ninguna continuidad. Entonces, cuando hay un conflicto interno como la investigación sobre Rusia o ahora con el escándalo racista en Charlottesville, vemos cómo ahora se enfoca en Afganistán cuando durante la campaña era una zona de la cual parecía que Estados Unidos se iba a retirar. Por otra parte, Trump se ha rodeado en su gabinete más próximo de generales con mucha experiencia militar. Los generales quieren ver una victoria sobre el terreno, tienen experiencia en las guerras de Irak y Afganistán y seguramente han recomendado ese aumento de tropas para intentar que la situación no se degrade más.

-¿De alguna manera ganó el establishment o el complejo militar- industrial sobre la idea de “America First”?

–Sí, por supuesto. La campaña de Trump no tiene nada que ver con lo que es ser presidente de los Estados Unidos. El tener que decidir sobre temas tan complicados como Irak o Afganistán, o como Siria o como China o Rusia es una realidad completamente diferente. No sólo tiene que ver con el establishment. Hay más de ocho mil soldados estadounidenses en Afganistán y en algún momento Trump tenía que decidir si se retiraban o seguían en ese país. Entonces, yo creo que los generales intentan consolidar lo que se ha conseguido en 16 años y que los talibanes no sigan avanzando en su toma de poder.

–Con el ex presidente Barack Obama llegaron a desplegarse hasta 100 mil soldados en el terreno y el conflicto todavía sigue. ¿El módico refuerzo de Trump puede servir para frenar el terrorismo y el avance talibán?

–Puede servir para consolidar algunas de las zonas en las que el gobierno legítimo de Afganistán está operando. Pero cuatro mil soldados no van a cambiar el rumbo del país. Es imposible volver al número que había durante la guerra en el 2001. Entonces estos cuatro mil soldados adicionales podrán seguir entrenando a las tropas e intentar interrumpir algunas potenciales operaciones de Ejército Islámico (ISIS), si se demuestra que están en el país; de Al Qaeda o de los talibanes. Pero al final la solución tendrá que ser tanto militar como diplomática porque cuatro mil soldados no te cambian el rumbo de un conflicto que ya está enquistado. En realidad, lo que se pretende es mandar una señal diciendo “Estados Unidos sigue en Afganistán, seguimos comprometidos y los terroristas no van a ganar”. Esta es una de las retóricas de Donald Trump.

–Hace ya 16 años que Estados Unidos está involucrado en esta guerra. ¿Por qué no puede salir de allí?

–Es un tema de vacíos de poder. Estados Unidos está implicado en que el gobierno afgano funcione ya que tal como se ha demostrado es un país muy complicado e intratable por sus dinámicas tribales. La población está a la espera de saber si Estados Unidos se marcha porque ellos deberían ser fieles al gobierno actual y no a los talibanes, que pareciera que son los que llevan la delantera tanto en la recuperación del territorio como del gobierno. Entonces, si Estados Unidos se marcha se crea un vacío de poder que puede ser ocupado desde el sur por países como Irán, Rusia por el norte, por Pakistán y sobre todo por el conglomerado de agrupaciones terroristas. El riesgo es que Pakistán vuelva a ser una potencial base para la planificación de atentados y para desestabilizar aún más esa región.

–¿Pero entonces Estados Unidos se tiene que quedar ahí para siempre?

–Este es el gran problema y es lo que muchos expertos le están reprochando a Trump. En primer lugar, que cuatro mil soldados no van a solucionar nada y en segundo lugar que básicamente lo que se hace es extender esa presencia estadounidense. Es decir que, hasta que no se consiga que el gobierno afgano una y controle todo el país –algo que es altamente improbable–, y además, que el ejército, la policía y el sistema judicial funcione tan bien que sean capaces ellos mismo de defenderse de potenciales amenazas externas, tanto la OTAN como Estados Unidos van a tener que seguir en ese país. Es uno de esos conflictos que se han enquistado y a los que no se le ve una salida posible. La diplomacia debería estar jugando un papel, pero al mismo tiempo estamos en un momento en el cual Trump se ha dedicado a desmantelar el Departamento de Estado y, por lo tanto, esa arma ya no la tenemos. El presidente está volviendo al acercamiento puramente militar.

–Estados Unidos acusa a Rusia de estar suministrando armas a los talibanes. Por su parte, el Kremlin dice que la estrategia de Trump es una carrera inútil que no va a servir para nada. ¿Cuál es el rol de Moscú en este conflicto?

–Rusia sigue jugando su papel, que es el de tratar de disminuir la influencia estadounidense en lo que Rusia considera su zona de acción más inmediata. Lo que Moscú está haciendo es dar apoyo al gobierno y grupos contrarios a Estados Unidos para intentar erosionar la capacidad estadounidense de estar en esa parte del mundo. Rusia no tiene ningún interés de volver a ese país, ni que el gobierno actual sea fructífero y funcione. Para ellos volver al status quo anterior al 2001, cuando Afganistán era una especie de agujero negro en donde las diferentes tribus operaban a su gusto, sería una derrota de Estados Unidos.

-Estados Unidos también está presionando a Pakistán.

–Pakistán es uno de los temas más complicados. Es un poder nuclear y un país altamente inestable, con unas fronteras muy porosas a sabiendas. Es decir, Pakistán no ha hecho nunca un trabajo exhaustivo para intentar erradicar las células terroristas de sus fronteras. Esto se vio en la operación contra Osama Bin Laden, cuando fue capturado y al final ejecutado en territorio pakistaní y el gobierno sabía dónde estaba. Tener uno de estos aliados en los que no podés confiar es muy complicado. Se está hablando de la posibilidad de recortar las ayudas en defensa a ese país. Muchos creen que si no los ayudamos y Pakistán se vuelve en contra no sólo vamos a tener un problema sino dos: Pakistán y Afganistán. Es una región altamente volátil y complicada y en parte porque estamos poniendo muchas esperanzas en un país que realmente no está en condición de ayudar como Pakistán.

El choque con Corea del Norte

–¿Hasta dónde puede llegar la escalada con Corea del Norte?

–La variable que nos tiene a todos preocupados es que, por primera vez, en una parte del conflicto –Estados Unidos–tenemos a un presidente muy volátil que no atiende a lo que serían relaciones internacionales y diplomáticas normales. Mi temor es que un día Trump se levante y decida actuar de forma precipitada o lleve a cabo algún tipo de acción militar que lo único que desataría es un conflicto enorme que básicamente afectaría a sus aliados. Si Estados Unidos realmente se lanza un ataque preventivo o se empieza una guerra con Corea del Norte, los primeros afectados y el número de víctimas más elevado va a ser en Corea del Sur y en Japón, no en los Estados Unidos. Por eso los aliados le están pidiendo prudencia. Corea del Norte no está haciendo nada nuevo. Ellos siempre han jugado ese juego de amenazar, lanzar misiles para traer a Estados Unidos y a otros actores a la mesa de negociaciones para seguir ganando tiempo y que las sanciones se reduzcan. Lo que hemos visto estos días es acción y reacción también porque Trump está haciendo declaraciones incendiarias.

–¿Cree que parte del gabinete va a llevar a Trump a la moderación y lo van a contener?

–El ministro de Defensa James Mattis, el asesor de Seguridad Nacional Herbert McMaster y el jefe de Gabinete John Kelly –los tres, ex militares–por experiencia seguramente le van a decir que no siga adelante con este tipo de amenazas. También el secretario de Estado Rex Tillerson. Pero el problema con Trump ha sido que, a pesar de lo que le digan sus ministros, él sigue pronunciando declaraciones de envergadura que luego tienen consecuencias. Él no se da cuenta que lo que dice en Twitter y sus bravuconadas provocan un tema de percepción. Si en Corea del Norte, que es un país totalmente aislado, escuchan a un presidente como Trump diciendo que les va a caer una lluvia de fuego, es natural que su líder busque incrementar ese nivel de paranoia. Estamos frente a esta dinámica, pero no creo que se vaya a llegar a más.

–¿Toda esa escalada puede ser ruido para dar paso a la diplomacia o a una negociación secreta?

–Tanto Naciones Unidas como las representaciones aquí en Washington tienen canales de comunicación con Norcorea y a través de terceras embajadas y representantes especiales que los dos países tienen para tratar estos temas. El problema son los líderes díscolos. Es decir, la conversación se está efectuando. El nuevo presidente de Corea del Sur (Moon Jae-in), que es mucho más progresista y pro negociaciones, va a intentar que esto se atempere. Si se estudian las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte se puede ver cómo cada tanta cantidad de años hay escaladas de tensiones, una etapa de negociación, una nueva escalada de tensiones y mesa negociadora. Ahora Corea del Norte está respondiendo a las últimas sanciones de Naciones Unidas y lo está haciendo de la única manera que sabe y puede. Es decir, Corea del Norte está totalmente aislada y hace lo que sabe hacer que es amenazar, incrementar la narrativa y hacer ese tipo de pruebas armamentísticas, esperando que alguien le ofrezca a cambio que si ellos paran se negocian las sanciones o algún otro tipo de salida. Es mucho ruido, pero la salida tiene que ser esa porque a nadie le interesa un final miliar. Para el líder de Corea del Norte el objetivo número uno es preservarse en el poder y sabe que si lanza algún tipo de guerra va a ser destruido. Si bien podría hacer mucho daño, no va a ganar una guerra y en eso están, en tratar de conseguir pequeñas victorias.

–¿Y qué rol debería jugar China?

–Debería jugar un rol fundamental pero el problema con China es que le va muy bien tener a Corea del Norte como almohadón entre sus propias fronteras y las fronteras de sus aliados estadounidenses. Es decir, China también está jugando su juego de estrategia porque si se consiguiera una resolución pacífica y una unificación de la península, tienen de repente a Estados Unidos en su frontera, algo que no les interesa para nada. Entonces ellos han estado jugando este juego de intentar rebajar las tensiones y al mismo tiempo haber sido muy laxos con el comercio con Corea del Norte y también con flujos energéticos, económicos y armamentísticos. A China le ha ido muy bien tener este actor paria entre ellos y Corea del Sur. El tema es que China no acepta que Corea del Norte es un problema global y que un régimen tan desestabilizante supone también una amenaza para ellos.